En muchas empresas, el silencio no es señal de armonía. Es un síntoma. Un síntoma de miedo, de desconfianza… o simplemente de resignación. Y aunque cueste asumirlo, ese silencio incómodo dice más de tu cultura organizacional que cualquier encuesta de clima laboral.
La realidad es que muchas personas eligen callar porque sienten que decir lo que piensan tiene consecuencias:
Ser etiquetados como conflictivos
Ser excluidos de ciertos espacios o proyectos
No ser tomados en cuenta (o peor, ser ridiculizados)
E incluso ser desvinculados
El resultado: reuniones sin aportes genuinos, equipos que operan en automático y decisiones que se toman sin la voz de quienes están en la primera línea.
No se impone de forma explícita, pero se transmite sutilmente:
Cuando alguien dio feedback incómodo… y lo aislaron.
Cuando un error se castigó más de lo que se analizó.
Cuando alzar la voz nunca trajo cambios reales.
Y así, poco a poco, el mensaje se instala: “mejor no decir nada”.
Y con eso, las ideas se pierden. La innovación se detiene. La gente se apaga.
Debería ser parte natural de cualquier entorno laboral saludable.
Pero para eso, se necesita:
Confianza psicológica: Saber que puedo hablar sin miedo a represalias.
Escucha activa real: No solo preguntar, sino actuar en base a lo que se escucha.
Liderazgos empáticos: Que no solo den órdenes, sino que se preocupen por cómo se siente su equipo.
Espacios seguros: Canales, rituales o dinámicas donde expresarse no sea un riesgo.
Decir “puedes decir lo que piensas” es fácil.
Demostrarlo todos los días, no tanto.
Y ahí está la diferencia entre una empresa que atrae y retiene talento… y una que solo se queda con quienes han aprendido a callar.
Si quieres crear una cultura donde la gente hable, cree, aporte y se quede, parte por hacerte una pregunta incómoda:
¿Qué señales está dando hoy tu empresa? ¿Sabes cómo se sienten tus colaboradores?